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15/12/10

Los mercados y las libertades

A estas alturas del tema, cuando van desapareciendo las oscuras nubes de la demagogia, parece ya reconocerse con meridiana claridad que esta crisis ha sido orquestada por los mercados, organizada y premeditada en los despachos. Esos mismos despachos ante los cuales nuestros gobiernos compiten por arrodillarse, la mayor parte de las veces cómplices, otras actores necesarios para reaccionar de la forma prevista. Todo está saliendo según lo planeado.
Primero, los mercados financieros organizan una crisis de la que salen impunes, inmaculados y reforzados. Se repartieron a priori todo el dinero de los fondos bancarios para poder sustituirlo con dinero de los fondos públicos en una enorme maniobra de desvalijo histórica e inaudita. Le han ganado la partida a nuestros gobiernos, en gran medida porque nuestros gobiernos están a otra cosa (conseguir el poder político o mantenerse en él) y por ello son débiles, encabezados por élites populistas títeres del poder económico, compuestas a partes por cómplices, por incompetentes y por candidatos a ingresar en lo privado dispuestos a hacer todo lo que se les ordene. Unos gobiernos que defienden estar legitimados por una democracia que sólo existe nominalmente, donde hasta en los países teóricamente más aventajados se venden y compran votos en los parlamentos a plena luz del día, y donde el derecho a discrepar del ciudadano ha sido prohibido cuando no sigue los cauces dispuestos para poder ser neutralizado. El sufragio universal como legalizador de la plutarquía: han conseguido apartar los guisantes del plato, utilizando de la democracia solamente aquello que sirva a sus fines.
Segundo, tras crear las condiciones de la crisis haciendo tambalear las finanzas de los estados, poniéndolas al borde del abismo, los mercados especuladores atacan al unísono a los países más expuestos, uno por uno, en varias fases, de modo consecutivo. "Divide y vencerás" es la máxima, potenciada por el hecho de que el resto de países que siguen en pie ayudarán a pisotear al atacado para ganarse alguno de los despojos sobrantes. Europa es el bombón a repartir, porque Europa tiene mucha pasta, Europa adora al Dios del Consumo cuyos sumos sacerdotes son los mercados, y Europa nunca ha estado unida: no hace falta mucho esfuerzo para trocearla y comérsela .
Tercero, "la bolsa o la vida". Una vez que los mercados han desarmado al estado en cuestión, y atacado juntos para que el golpe sea mayor, comienzan a asfixiarlo proponiendo (propiamente, exigiendo) aceptar sus condiciones para el supuesto remedio: la receta es que para imponer una condición hay que hacerla más digestiva exponiéndola como el remedio a un problema; creando el problema, justificarás la necesariedad del remedio: ante el problema de la crisis se propone maquiavelicamente la privatización de lo público (reparto de nuevas áreas de negocio para lo privado), reducción de derechos sociales y estado de bienestar (sanidad, educación, pensiones...), reducción de salarios, facilidad de despido... Supuestamente todas ellas soluciones a un problema artificialmente creado a priori por los mercados, un problema que paradojicamente tiene su origen en el liberalismo capitalista, y el objetivo de lograr mayor rentabilidad, mayores ganancias para una reducida minoría a costa de la ruina de la mayoría. Estados enteros embargados por aceptar créditos de los mercados que ellos mismos han rescatado, el FMI y el Banco Mundial como una nueva ONU fuera de todo tipo de control democrático.
Ni siquiera ha hecho falta usar la palabra mágica ("competitividad") que habían preparado para chinificar nuestras condiciones laborales (China, el gran ejemplo a seguir para los mercados: dictadura+capitalismo). Por ahora, sólo por ahora, les ha resultado suficiente el chantaje impuesto a nuestros gobiernos (débiles, incompetentes y/o cómplices) y la falacia de la "supervivencia" económica para que la mayoría de ellos aceptaran renunciar a nuestros derechos (económicos, sociales y democráticos), por los que tantas generaciones anteriores de ciudadanos han luchado. Una falacia, porque no necesitamos ninguna de estas medidas para sobrevivir sino para condenarnos a malvivir; como solución, solamente necesitamos que los especuladores dejen de desbarrar y asfixiarnos y los gobiernos dejen de justificarlos, "de convencerlos", de tratar de "ganar la confianza" de los atacantes. Es el sistema bancario y financiero quien está colapsando nuestras economías ¿cómo podemos admitir que sea él quien imponga las normas, cómo podemos creer que sean válidas sus soluciones?
El capitalismo salvaje al que están abocando todas nuestras relaciones económicas es la gran amenaza para nuestros derechos y nuestras libertades, que ahora están en juego. Hay demasiado en juego. Y por ello no nos debemos conformar solamente con el derecho y el deber de consumir al que nos relegan. Los mercados especuladores son nuestros enemigos, los gobiernos cómplices de los mercados especuladores son nuestros enemigos. Y nosotros somos, de nuevo, el pueblo que debe luchar contra los enemigos de su libertad para garantizar una democracia real.

14/6/10

O especulador e o chupacabras

O especulador é un ser a medio camiño entre a realidade e o mito, como o chupacabras. Unha especie de críptido contemporáneo que se agocha nas bolsas de valores, debaixo dos escritorios dos señores deputados e no interior das axencias de valoración de riscos. Ao especulador intuímolo polas súas accións: a gasolina sube periodicamente por culpa dos especuladores, o boom inmobiliario foi creado polos especuladores e 1.000 millóns de persoas pasan fame no mundo por cousa dos especuladores. Incluso a crise económica foi provocada polos especuladores, faltaría máis. E a pesar de que o especulador está detrás de cada tropezón que nos da este sistema capitalista, este mercado que se vai parecendo cada vez máis a unha praza de abastos; e a pesar de que é culpable da maioría dos males do noso tempo e ten unha participación tan activa nas nosas vidas, aínda non sabemos moi ben que aspecto ten o especulador. Xa me entenden: onde vive, cales son as súas costumes, cando lle toca a época de apareamento. Unha cousa fantástica. Entendemos que se trata dun ser misterioso, cuns hábitos moralmente cuestionables, a quen se lle achacan todos os males dende a política e a economía cunha determinación asombrosa para un ser case abstracto. Un bicho nocturno, sen cara e sen nome. Se os nosos gobernantes, Obama incluído, Ahmadineyad tamén, e toda esa clase media e traballadora que nos representa nos parlamentos teñen tan claro que o especulador é o inimigo deberían ser quen, a estas alturas, de comentarnos de pasada que xa teñen a algún identificado - coidado cos espellos, “especular” tamén pode referirse a verse no espello. Porque entendemos que contando ao seu servizo con todo o aparato policial do planeta, os nosos gobernantes poderían mirarnos iso, polo menos. Non vaia ser que acabemos no recurso fácil e rematen os nenos botándolle a culpa aos especuladores porque falta un paquete de galletas na despensa. Poderiamos comezar buscando no hábitat bursátil, non creo que os especuladores traballen co trueque, e despois de todo, si especular é “efectuar operacións comerciais ou financieiras, coa esperanza de obter beneficios baseados nas variacións dos prezos e dos cambios” poderíamos definir a Bolsa como “lugar de especulación” e iso xa sería un progreso entre tanta confusión. Un indicio, un avance, un sitio por onde comezar a buscar o condenado bicho.

Lamentablemente, os xornais vellos úsanse moitas das veces para poñer no chan mollado da cociña, e así, as noticias e a nosa historia van desaparecendo a cada paso que damos. Non me digan. Non me digan que nos olvidamos de todos aqueles presidentes e presidentas por outono do 2008, cando á banca fóiselle a man recollendo os beneficios que, para variar, non eran os deles. Pensaron daquela que os cidadáns iamos montar adediosescristo nas rúas, e saíron á palestra para dicirnos que fora cousa dos especuladores de novo, malo raio os parta, falándonos de ética, de eliminar os paraísos fiscais e de refundar o capitalismo. Logo, xa saben, non lles foi para tanto a protesta, e tiveron a boa idea de darlle outra vez a El Dioni as chaves do furgón, é dicir, encargarlle aos responsables do sistema económico que arranxaran os problemas creados por eles mesmos cos nosos cartos. E aquí seguimos aforrando e recortando para entregarlle os pesos ao mercado, a ver si somos quen de gañar a confianza dos inversores, mecachis, tentando que os especuladores arrasen e se repartan primeiro outro país que non sexa o que nos queda deste.

Pero dos especuladores ni fú. Ni fá. Seguimos sen ter máis datos ao respecto. Un rostro, unha dirección, un nome... aínda que sexa un mote. Que no sé quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza. Sen embargo, como se foran doncellas virxes que se ofrecen en tributo ao dragón, os nosos gobernantes ofrécenlle na entrada da oscura cova recortes de gasto público, beneficios fiscais e flexibilizacións laborais, tentanto aplacar a voracidade do dragón especulador coa esperanza de que algún día decida, por el mesmo, de buen rollito, pórse a dieta e deixarnos vivir en paz. E parece sorprendente que a pesar de ternos papado gran parte do estado de benestar o dragón non alcanzara unhas dimensións tan considerables para que os nosos gobernantes, de común tan perspicaces, o deran recoñecido e nos dixeran “Nenos, aí temos un especulador, imos a por el”. Localizar bicho, eliminar bicho. Debe ser que usan brebaxes namoradizos para enfeitizar aos nosos deputados e deputadas. E, claro, o amor é cego.

15/1/10

O Principio de Pareto

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 67– Ano VII –xaneiro, 2010)


A riqueza é como a enerxía: nin se crea, nin se destrúe, soamente se transforma de estado e cambia de mans. Esta é unha verdade de pura matemática que me custou aprender no colexio porque explicáronma con chocolatinas. Dicíame o profesor «a ver, zopenco, outra vez: se Pedro ten 8 chocolatinas e lle da 6 a Manolo, que tiña 2, ¿con cantas chocolatinas queda cada un?». Eu, que sempre fun moi realista e non asimilaba esa abstracción da maldita aritmética, quedaba de pé, mirando para o encerado coa tiza nas mans durante uns dramáticos segundos, e respondía resoluto «Pedro queda con 8 e Manolo con 2». Despois preocupábame por esquivar o borrador que me enviaban a velocidade de cruceiro en dirección á cabeza. O problema real, o que non era capaz de asimilar, era que Pedro puidera entregarlle 6 chocolatinas a Manolo así polas boas. Se o profesor dixera que Pedro era parvo, ou que Manolo lle dera con antelación dúas hostias para facilitar a desinteresada transacción podería chegar a entendelo. Pero así sen máis, non. Sentaba no meu sitio, intrigado, confuso, sacudíndome os restos de tiza do pelo, e o meu compañeiro que era máis racional que eu, inclinábase sobre o pupitre e tranquilizábame cómplice: «o problema é que Pedro non comprende que só hai 10 chocolatinas en xogo».

Anos despois, este o meu apaixonado interese polas matemáticas que esperta en min de década en década, volveu a aparecerme no medio do camiño da vida baixo o nome de Principio de Pareto. O tal principio indica que o 20 por cento dos membros dunha sociedade posúen o 80 por cento da súa riqueza, e, sendo a riqueza finita – é dicir, soamente están en xogo 10 chocolatinas, non máis – o que ten un membro deixaría de telo o outro pasando dun 80 a un 20%.

Xa sei que o Principio de Pareto é un regra inxusta, pouco equitativa e nada igualitaria, pero con ela podía explicar moitas das cousas nas que estaba inmerso. Con ela explicaba a existencia dun 1º Mundo e dun 3º Mundo ou a presenza, dentro de cada mundo, dunha minoría de ricos e unha maioría de pobres. O principio de Pareto quedoume gravado na cabeza grazas á pedagoxía práctica – a golpe de borrador -, razón pola cal logo fun quen de identificar calquera proceso gobernado polo mesmo.

Daquela podo dicir que o acontece neste mundo globalizado no que hai tempo se preocupan por tirar as fronteiras estase a producir polo Principio de Pareto. Así, no primeiro mundo hai unha desaceleración acelerada da economía, crecen os parados, pechan as empresas... e nos países emerxentes (como China, India ou Brasil, Indonesia, Malaisia, etc.) prodúcese, á inversa, unha acelerada aceleración da economía, diminúen os parados e abren a maior parte das empresas que pechan aquí. Polo tanto, a cousa non trata de que o mercado de traballo está aletargado, invernando como os osos, senón que está largándose para outro lado e dubido moito que volva algún día. Chámanlle «deslocalización».

A cousa trata de que está funcionando o Principio de Pareto, e non por inercia. Os que nos roubaron unha vez – crearon esta crise económica -, e dúas veces – os mesmos que roubaron baleiraron logo as arcas do Estado coa escusa de arranxar as cousas -, estannos roubando de novo poñendo en marcha este principio, levándose para outras partes a riqueza e cargándose o edificio social que nos custou xeracións construír. Á par, argallan manobras de despiste para manternos ocupados noutras lides, como o terrorismo, Obama ou a Gripe A coa que, por certo, volveron a roubarnos de novo. Éche un ladrón con tres cabezas – Económica, Política e Medios de Comunicación – pero co mesmo corpo, e a solución que nos propón desta vez é recortar os poucos dereitos laborais que aínda nos quedan. Se calquera de nós fóra tan manifestamente incapaz, inútil e indecente como os que nos meteron na ruína, que non foron os traballadores, estaría de patiñas na rúa respectando toda a lexislación laboral vixente, polo que coido que non será problema dela. Quizais si desta sociedade aletargada e distraída na que vivimos, que o permite todo.

9/7/09

Meter water resistance

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 61– Ano VI –xullo, 2009)

Shangai afógase nas augas. E vaia noticia que lles traio a colación, pensarán, despois de saber que estamos a afogarnos todos co do cambio climático. Pero o caso é que Shangai leva por ese lado (afógase polo aumento do nivel do mar co desconxelamento dos polos) pero tamén leva por outro: o peso dos xigantescos rañaceos que pouco a pouco cobren todo o seu horizonte está afundido a cidade a un ritmo de dous centímetros por ano. Algo que ver coa masa e a forza da gravidade, non me pregunten, eu son de Letras.
Co “Espertar do Gran Dragón Chinés”, Shangai converteuse nun centro financeiro e económico mundial de primeira orde, despois de tantos anos como Taiwan vendendo transistores, calculadoras con funcións e reloxos con dubidosos “meters water resistant” (que cousas ten a vida…). Shangai é agora un símbolo desa nova e perfecta forma de capitalismo onde se conxuga o imperio do mercado co semiescravismo real das persoas. Shangai é unha megalópole en constante aumento, un mundo de obras, de edificios que se levantan batendo todos os records, de rañaceos cada vez máis impresionantes que compiten entre si e parecen rivalizar na súa altura coa física e coa lóxica. O orgullo do humano que en canto gaña catro duros xa está a facer a casa con máis pisos ca do veciño. O humano que nunca aprende dos erros e pensa que todos teñen o dereito de volver a cometelos. Xa pasara coa Torre de Babel, non sei si se lembran, e miren vostedes como acabaron daquela. Os chineses están un pouco así, como pensando quen podería ser quen metera a pata en todo este lío, sen lembrarse que alí estaba todo o mundo botando berros de ledicia cada vez que se inauguraba outra nova mole de aceiro e cristal (Viva! Máis arriba!) para envexa dos occidentais, sen preocuparse, entre outras nimiedades, de que se estaban a cargar todo o medio ambiente para maior gloria do capital, e de como carallo podería sosterse todo aquelo nunha cidade construída sobre un pantano.
Pero as obras non van a pararse, non se pensen. Están en proxecto de execución os rañaceos máis grandes do mundo en Shangai. Os chineses teñen por dogma que eles poden arrasar con todo o que lles pareza; que nós, os occidentais, xa levamos séculos arrasando e agora tócalles a eles. E non lles faltaría razón lóxica si o primeiro que arrasaran non foran a eles mesmos. O capitalismo, que non crearon os chineses pero que están a levar á súa perfección máis retorcida, obriga a que o crecemento nunca deba pararse: pararse significaría a crise (de aí o de “refundar o capitalismo” e todas esas chorradas que nos din coa crise económica). E de aí que cheguemos á situación lisérxica de subvencionar aos bancos para que fagan negocio connosco. Pero continuar, como vemos, é tamén unha especie de suicidio: polo que Shangai paréceme unha metáfora da civilización humana.
Sabemos que o consumo desaforado non nos leva a ningunha parte, que arrasando o medio ambiente estamos a arrasarnos a nós mesmos, e entendemos que cando esgotemos todos os recursos non imos a ter máis: pero, “mariquita o último”, morrerremos coas botas postas.
Como símbolos que son da tolemia dunha forma de vida que está a arrasar con toda a vida no planeta, non lle desexo a Dubai maior sorte que debaixo dela soamente exista arena moi pero que moi fina. Porque este tipo de sobradas construtivas, de chulerías urbanísticas, do todo vale, do crecemento sen límite e sen prexuízos por parte de multinacionais e multimillonarios, este concepto de correr cada vez máis e a maior velocidade ou se detén, ou afogamos todos. Paseniño. Uns centímetros cada ano.

14/6/09

Esquéce-Me

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 60– Ano VI –xuño, 2009)



Camiño pola rúa e todo son estímulos para min. Todas esas luces de neon que iluminan os meus pasos, esas cores pestanexantes que me aledan a alma; todos eses carteis nos que multitude de señoras estupendas en provocativas posturas te observan diante dun deportivo e parecen dicirche: chato, se compras este coche eu vou no lote… pirata. Porque sempre nos faltará algo máis para ser felices. Sigo camiñando pola rúa, e en cada porta unha alfombra de esparto exclama cortesmente “¡benvido! ¡benvido!”, e me alegra o día. “Pase sen chamar”, indica a porta dunha inmobiliaria, e a máquina de tabaco, mentres me vende 20 paliños de morte plastificados, non deixa de comportarse coa maior corrección “O seu tabaco, grazas”. Escoitei algunha vez que soamente existimos por canto alguén pensa en nós, que nos transformamos en realidade unicamente cando formamos parte do pensamento doutra persoa. E todos eses estímulos están aí para nós, por nós, para captar a nosa atención como consumidores potenciais. Sempre haberá alguén pensando en nós se nos tiramos ás fauces das avenidas. Sempre parece haber un ollo do Gran Irmán espiándonos, dirixindo os fíos para facernos as cousas máis cómodas sen darnos de conta. Tanto como para chegar a escoller os nosos gustos. Os produtos que me poden interesar colócanos no supermercado sempre á mesma altura e posición; os destacan por cores, para que os vexa ben, para que non me esqueza de levalos. Os políticos páranme na rúa cada catro anos e me aseguran que eles pensan en min, que me queren coidar, que non estou só; me acariñan suavemente, e eu a rosmar coma un gatiño co voto na furna despois de convencerme de que o que máis lóxico sería votar nesa liña, cabaleiro, de acordo ao meu estatus, aos meus desexos, á miña cor de calzóns. Para os músicos sempre son un público estupendo, para os presentadores son un espectador intelixente e para os vendedores son un cliente esixente que non se deixa enganar.
Camiño pola rúa e a xente, os carteis, os anuncios, os políticos, os traficantes, as señoras con bolso das esquinas non deixan de ofrecerme cousas que quizais necesite. “Veña cabaleiro, tome isto, colla aquelo, probe o outro”. Compre, compre, compre. Porque saben que gastar faime máis humano, faime máis guapo, máis sabio e máis alto. Ás veces, cando teño a sensación de que me trepanaron a caveira cun abrelatas oxidado e conseguiron un touchdown co meu cerebro, saio á rúa para que a xente me ofreza cousas, para que as cousas me ofrezan cousas e para que eu as compre. Paso por un caixeiro automático, e na súa pequena pantalliña escondida e infeliz leo “Introduza a súa tarxeta, por favor”; paso por outro pequeno caixeiro e o pobre dime: “Por favor, introduza a súa tarxeta”; e como son tan sensible e dáme pena, ao terceiro non me aguanto e termino por introducila. Unha e outra vez. Recibo máis chamadas no móbil das “identidades ocultas” que dos meus amigos, e cada día son merecedor de ter na casa unha visita de comerciais que me informan amablemente dos produtos que quizás necesite. Sorríntes, eloxiándo-Me aínda que aparente ter sido atropelado por un tráiler. O meu buzón de correo está cheo de cartas de bancos, tendas, comercios e curandeiros senegaleses que me invitan a formar parte dos seus proxectos, do seu colectivo de usuarios, da súa gran familia de clientes; e a bandexa de entrada do e-mail colapsada por tantas e tantas mensaxes de empresas que se preocupan por comunicarme as súas novidades.
Cada día recibimos entre 1600 e 3000 anuncios publicitarios case sen decatarnos, entre 1600 e 3000 notificacións de que o mundo nos ten en conta. Todos parecen dirixirse soamente a nós. Para cada un deles somos importantes. Non lles parece entrañable? A min paréceme realmente insoportable.

11/5/09

A fantasía dos horizontes

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 59– Ano VI –maio, 2009)


De pequeno sempre pensaba que o mundo era máis grande do que realmente era. Tiña a idea da existencia de paisaxes inabarcables, de carreiros que comezaban ás beiras do monte, preto da miña casa, e conducían a lugares inimaxinables a través de milleiros, millóns de quilómetros que atravesaban naturezas inexpugnables, descoñecidas. De enormes paisaxes cheas de vales, montañas, bosques indómitos, árbores e animais que apenas seriamos capaces de imaxinar. Pensaba que existían continentes enteiros aínda por descubrir, e que si seguira as direccións e orientacións correctas, a partir do camiño que saía da miña casa, podería introducirme en rexións onde ninguén ousara pisar. A pesar de que os montes de Torneiros non poderían cualificarse como unha selva tupida, non había quen me sacara da cabeza aquela ilusión por perderme entre eles, buscando a aventura da natureza “salvaxe”; e as veces collía folgos, metía no peto un bocadillo de mortadela, e enchendo a cantimplora de auga acometía un novo carreiro como quen da inicio a un acto histórico. Ás veces levaba unha navalla, para defenderme das bestas, e unha cana de pesca rudimentaria, para alimentarme nos regatos que atopase. Pretendíame un descubridor, un digno herdeiro de Magallanes, de Marco Polo, Admunsen ou Shackleton. Ben sabía, non se crean, que camiñando un pouco chegaría por un lado a Chenlo e polo outro a Tui, pero tampouco tiña tanto tempo, entre a hora de comer e a hora de cear, para descubrir continentes perdidos como un Alexandre Magno.
Pero, sobre todo, cando a idade me permitiu viaxar máis alá das montañas deste vale, tentando sempre ir un pouco máis lonxe, decepcionoume o feito de que o home ten “humanizado”, “civilizado” a inmensa maioría das nosas paisaxes, e quen acomete un carreiro, por moi afastado que sexa, ten poucas oportunidades de camiñar unha decena de quilómetros sen atoparse unha casa, unha estrada, unha liña eléctrica. A nosa paisaxe está tan domesticada, a nosa natureza tan explotada, que as miñas esperanzas de converterme nun aventureiro explorador quedaron do mesmo xeito domesticadas. Sobre todo na Louriña. Supoño que un neno de Mos non podería ter a día de hoxe a amplitude de miras, esa pequena fantasía do descubrimento ao que me refería, a ilusión por acometer o camiño dun monte que comunicara con continentes perdidos, porque por cen metros que andase acabaría atopándose coa cuneta dunha estrada. Case vivimos neste vale como engaiolados, entre tanta estrada, autoestrada, liña de ferrocarril e autovías. Somos como periquitos de salón: observamos o horizonte limitado por barrotes artificiais. Somos como notas enchironadas nun pentagrama.
Sempre pensei que ese carácter galego, supersticioso, misterioso, brumoso, viña condicionado en grande medida pola nosa xeografía abrupta, polos nosos densos bosques, onde calquera cousa podería agocharse “detrás de”. Pero cada vez máis temos paisaxes fragmentadas, e incluso se constrúen zigzageantes camiños para que algunhas especies de animais non se atopen cos humanos. E o Miño, con tanta presa e minicentral, deixou de ser río para converterse nunha forma de Aquapark. Fragmentamos toda a nosa paisaxe, e, con elo, ímonos fragmentado un pouco máis a nós mesmos.
Sempre houbo dispersión rural, pero co “progreso”, con tanta devoción pola construción, por esa teima de vivir no quinto carallo e pretender ter todos os servizos que un pode ter no medio da cidade, tendemos a unir cada núcleo poboacional, cada casa perdida, con tantas infraestruturas, arrasando tanta paisaxe que había polo medio, que a día de hoxe, quen observa Galicia dende un avión non sabe si está a ver unha paisaxe ou un prato de “espaguetti ao pesto”.

18/2/09

A agridoce festa da democracia

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 56– Ano VI –febreiro, 2009)


Nathan M. Rothschild, magnate das finanzas estadounidenses, dixo unha vez alá pola primeira metade do século XIX, nun deses ataques de sinceridade que alimentan o champaña e as distendidas sobremesas entre os oligarcas da banca, “Déanme a emisión de moeda dun país e non me importa quen faga as leis”. O bo de Nathan probablemente sería aplaudido polos seus colegas, arroibados polo alcohol, os puros e a erótica do poder, porque ninguén lle podería negar que acababa de dicir unha gran verdade. Pouco despois Rothschild pasaría a peor vida – o consolo que nos queda aos pobres é que soamente nós poderemos pasar a mellor vida – e vería o seu sono parcialmente feito realidade. Nathan M. Rothschild foise, pero moitos máis viñeron a ocupar o seu sitio. Fai pouco, o xornal “The Guardian” sinalaba co dedo aos 25 culpables da actual catástrofe financeira, a maioría vellos traxeados, encollidos e severos, mantidos con vida soamente polo pequeno pero sólido fío da cobiza. Parvadas. Cortiñas de fume. Este tipo de acusacións fáciles verquidas polos xornais de masas e apoiadas polo poder político son pura terxiversación, con aleivosía. Sinalan a este tipo de magnates como culpables únicos porque estes teñen inmunidade moral e legal. É dicir, son os únicos en todo este planeta que nunca veriamos nun banquiño de acusados (dun xulgado ou dunhas eleccións), por iso lles importa un carallo quedar como os malos: porque poden permitirse seguir co chiringuito aberto a pleno rendemento mentres os seus compinches políticos se atribúen o cargo de fiscais. É coñecido, por exemplo, que en política a mellor forma de dar carpetazo a un asunto incómodo é crear una comisión de investigación para que non se investigue nada. Acusados, avogados, fiscais e xuíces son os mesmos. A vítima do caso, a masa social que paga, será debidamente informada de que “se fixo xustiza”. O caso é que o circo continúe. Todo debe cambiar para que nada cambie.
Verán vostedes, un Estado de democracia real é aquel onde os representantes do pobo deciden por si o futuro económico e financeiro da Nación que normalmente deberá repercutir no beneficio de todo o edificio social. Si o futuro o deciden os monopolios de banqueiros nacionais ou internacionais, é calquera cousa que poda chamarse, menos democracia. Éche un panorama triste pero é o que construímos, temos, mantemos e defendemos: esta crise debería confirmarnos dunha vez por todas que a nosa vida, inevitablemente rexida pola economía, non está no noso poder, nin tan sequera no poder dos nosos representantes “democráticos”; está fora do alcance da protección do Estado, concentrada e dirixida por intereses económicos privados. E eses intereses privados, rexidos pola lóxica do capitalismo, baséanse na rendibilidade e beneficio persoal, ás veces por derivación do beneficio da sociedade (situación de antes) e outras por derivación da ruína da sociedade (situación de agora). Segundo veña o vento. Pero sempre saen gañando porque nós lles concedemos un sistema que poden manexar ás súas anchas. Nós lle delegamos o noso poder, por comodidade ou ignorancia. Queren unha explicación da crise? Pois aquí vai unha: hai crise porque alguén ten o suficiente poder para creala e saír beneficiado dela.
A solución? Pois non sei. Non estaría de máis ter as ideas básicas ben claras, aínda que sexa duro aceptalas, e deixarse de confiar en que calquera mesías de turno vainos sacar as castañas do lume con novas promesas cargadas de retórica cada catro anos. Por moita vontade que teña e de calquera partido que sexa. Algúns defenden unha resposta á grega: saír por milleiros ás rúas e facer bronca para que se desmorone todo o sistema. Paréceme demasiado radical, pero que llo neguen a eses millóns de familias españolas que están quedando na indixencia porque Rothschild tiña toda a maldita razón.

28/9/08

Europa

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 51 – Ano V –setembro, 2008)



Recordo que La Polla Records tiña unha canción dedicada a Europa. “Sento toda a túa luz, alumea o teu novo engano, vella e podre prostituta, a túa maquillaxe non tapa o olor”. Cantábanlle, no 1992, a aquela nova nación que no mesmo ano parecía pórse en marcha co Tratado de Maastrich: xa saben, todos collidos da man, baixo o Himno da Alegría e o estrelado ceo azul da nosa bandeira común. Nunca me gustou esa canción, porque ata ben pouco ese soño de empezar de novo, edificar entre todos un estado no que os intereses dos cidadáns e os valores do home se puñan por riba de todo, atraíame. Abraiábame o feito de que este mundo, politicamente cheirento, podería ter unha esperanza si era a “Europa das liberdades” a que encabezaba unha nova época de verdadeira democracia. Remataba a canción de La Polla Records cun “non verás cambiar nada”, e con esa certeza que agora si teño, tamén rematou o meu soño europeo.
Quizais debería ter antes probas para convencerme de que “Europa” deixara de ser o “Mercado Común Europeo”. Vexan vostedes, dixéronos “construiremos entre todos a nación europea”, e como toda nación ha de ter unha constitución, presentáronnos unha para referendala. Pero alí non había dereitos e liberdades que non foran para as empresas: vendéronos humanismo e déronnos capitalismo feroz. Así que algúns (os franceses, holandeses e fai pouco os irlandeses) dixeron que se meteran aquel panfleto polo cu, e agora, polo baixo, rumorosos, andan todos os gobernos a aprobala por decreto en cadanseu Parlamento sen preguntar. Rumorosos, polo baixo, sen que nos decatemos que aproban ditatorialmente algo que tantos cidadáns rexeitaron co seu voto. O conto de sempre: eles son os representantes lexítimos de todo o pobo, aínda que moi poucos de nós poderiamos identificarnos con eles e así non sei como nos van representar.
Miren vostedes, téñome por europeísta porque penso que neste continente vivimos como dios, en estado de benestar, en dereitos, en liberdades. E non me gustaría que esas liberdades que tanto nos custaron conseguir, polas que sufriron tantas xeracións (dende a que pasou a media aristocracia francesa pola guillotina ata a que lle tiraba adoquíns aos grises por aquí cerquiña), se vaian ao carallo nun par de anos por culpa das cabareteras, mangoneantes e futuros conselleiros directivos das grandes empresas que mantemos nos Parlamentos, conspirando polo baixo para pasar por alto a esa vella desdentada que chamabamos democracia. Preocúpame, pola mesma, que a política actual sexa o “todo vale” na ampliación da UE: entrou Polonia, que ten dereito a veto nas decisións de política social europeas, cun goberno extremista e ultranacionalista que pretende meter no cárcere aos homosexuais; que entre Turquía, un país que non se distingue precisamente por valores como a igualdade de sexos, a defensa das minorías ou a defensa dos dereitos do cidadán, e que cos seus 70 millóns de habitantes sería o país con maior poder da Unión. Ámbolos dous, países que coñezo e admiro, son, sen embargo, dous exemplos de que esta Unión Europea non busca ese soño de humanismo e liberdade para os cidadáns, senón man de obra barata, menores custes de produción e máis millóns de consumidores para as grandes empresas. Repito: moito lles custou ás nosas sociedades chegar ata o punto onde estamos para sacrificalo todo perante os beneficios das grandes empresas; porque non se crea o conto de que os beneficios delas son beneficios nosos (senón á nosa costa), e porque nelas traballaron, traballan ou traballarán como altos cargos antigos ou futuros políticos que no seu día non tomaron as mellores decisións para os cidadáns aos que servían, pero si para a rendibilidade das empresas ás que serven ou servirán. Curiosas coincidencias. “Europa parece rexurdir da miseria ao esplendor – cantaba La Polla Records fai dezaseis anos - ¡ela é a solución!: a moeda, a súa bandeira”.

4/12/07

Matrix

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 19 – Ano II – decembro, 2005)


O director do Medialab do Instituto de Tecnoloxía de Massachussets, Nicholas Negroponte, ven de anunciar recentemente a creación de ordenadores persoais cun ínfimo custe de 100 $, destinados principalmente ós países en desenvolvemento, co fin de paliar a enorme brecha tecnolóxica entre o “primeiro” e o “terceiro” mundo. Lonxe de interpretar este negocio como unha labor “filantrópica” polo ben da humanidade (a estas alturas…), o certo é que a ONU xa se postulou totalmente a favor da iniciativa, e máis de cincuenta países dos máis pobres da terra anunciaron o seu profundo interese polo avance tecnolóxico, vendo nel unha luz ao final do túnel. Non é de estrañar: na actualidade se non tes acceso a Internet non tes acceso ó mundo, e a ONU continuamente expresa que o dereito de acceso a Internet (= comunicación) é outro dereito fundamental do home. Craig Barret, presidente da empresa informática Intel, critica duramente a proposta, acusando o aparato de “cacharro” dado que non ten todas as funcionalidades dun PC ó uso. Indiquemos, pola nosa conta, que o “cacharro” non ten procesadores Intel, os máis populares do planeta; popularidade que fai que Intel tivera no último trimestre de 2005 uns beneficios de 10.600 millóns de dólares. Incorporan tamén software libre, e aí nos doe outra vez porque non hai cartos que gañar. Cunha sinxela ecuación matemática poderiamos comprobar que Craig Barret pretende sacrificar un dereito fundamental da humanidade polo aumento das súas ganancias empresariais, e sendo como é colaborador incondicional do “filantrópico” goberno estadounidense non sería de estrañar que o conseguise. Nada novo: no 2005 morreron 3 millóns de persoas por causa do SIDA, sobre todo nos países pobres, que non teñen cartos para pagar os carísimos medicamentos gravados por patentes desorbitantes que enriquecen as arcas das grandes corporacións farmacéuticas. Nada novo. Na recente reunión da Organización Mundial do Comercio, en Hong Kong, reúnense os gobernos públicos do mundo pagados cos nosos cartos, e coma os mercaderes do templo na época de Susito (Bo Nadal!), reparten para os máis ricos dos gobernos privados os despoxos da carne dos máis pobres.

3/12/07

O Primeiro Mundo e a inmundicia das martinicas

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 12 – Ano II – maio, 2005)

O outro día estaba vendo a tele. Botaban nos informativos unha sorte de mercadillo que se celebraba alí polo Oriente Medio. Nel estaban grandes responsables e dignatarios mundiais cos petos cheos cos cartos da xente de a pé. Por outra parte estaban as grandes empresas de armamento do mundo, si, tamén as españolas. Esas empresas que poden estrangular a calquera goberno do “Terceiro Mundo” para que comece unha guerra inútil co único afán de gañar cartos. E alí estaban os caciques da África, e os dictadores de Asia, e os déspotas da América Latina e máis dun cabrón do “mundo occidental”.Éche a hostia, porque resultaba curioso que nun mesmo “stand” puideran estar xuntos os dous dictadores enfrontados dun país da África en guerra mentres o responsable da empresa norteamericana Colt lles comentaba, sostendo un lanzagranadas nas mans, que podía fabricar tantas armas como aqueles dous elementos puideran comprar, mentres os dous asentían coa cabeza gratamente sorprendidos. Os dous aínda puideran estar aloxados no mesmo hotel de cinco estrelas e, se me apuran, aínda puideran cear xuntos aquela noite - porque a guerra non é escusa para escusar as boas costumes e a axeitada educación, queiras que non ambos eran paisanos. Logo viume á testa a imaxe do seu pobo, desa xente que enche de cartos os maletíns que cadanseu portaba na man dereita, a xente que morre de fame e que en moitos dos casos están obrigados a asasinar os seus concidadáns con aquelas armas que o ianqui traxeado estaba disposto a verder (“tantas como puideran comprar”... non deixa de ter a súa gracia). Non sei... logo pensei no momento en que un daqueles cans gañe a guerra, ou bote do poder ó outro, e marche logo ó estranxeiro, quizáis a Marbella, a vivir coma un rei o resto da súa vida grazas ás subvencións de occidente mentres o contrario se dispón a consolidar o seu propio poder tiránico. Non sei... seguramente a empresa Colt, ou Santa Bárbara - e por derivación os nosos gobernos -, comecen a arengar a otro cacique nativo para que se levante en armas contra o seu primeiro cliente. Vaia, cambio de canal e vexo a milleiros de líderes mundiais enchéndose a boca coa palabra PAZ, palabra que se vende ben, pero que co seu sacrificio gañamos moitos cartos nós os occidentais, sí señor.