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15/12/10

Los mercados y las libertades

A estas alturas del tema, cuando van desapareciendo las oscuras nubes de la demagogia, parece ya reconocerse con meridiana claridad que esta crisis ha sido orquestada por los mercados, organizada y premeditada en los despachos. Esos mismos despachos ante los cuales nuestros gobiernos compiten por arrodillarse, la mayor parte de las veces cómplices, otras actores necesarios para reaccionar de la forma prevista. Todo está saliendo según lo planeado.
Primero, los mercados financieros organizan una crisis de la que salen impunes, inmaculados y reforzados. Se repartieron a priori todo el dinero de los fondos bancarios para poder sustituirlo con dinero de los fondos públicos en una enorme maniobra de desvalijo histórica e inaudita. Le han ganado la partida a nuestros gobiernos, en gran medida porque nuestros gobiernos están a otra cosa (conseguir el poder político o mantenerse en él) y por ello son débiles, encabezados por élites populistas títeres del poder económico, compuestas a partes por cómplices, por incompetentes y por candidatos a ingresar en lo privado dispuestos a hacer todo lo que se les ordene. Unos gobiernos que defienden estar legitimados por una democracia que sólo existe nominalmente, donde hasta en los países teóricamente más aventajados se venden y compran votos en los parlamentos a plena luz del día, y donde el derecho a discrepar del ciudadano ha sido prohibido cuando no sigue los cauces dispuestos para poder ser neutralizado. El sufragio universal como legalizador de la plutarquía: han conseguido apartar los guisantes del plato, utilizando de la democracia solamente aquello que sirva a sus fines.
Segundo, tras crear las condiciones de la crisis haciendo tambalear las finanzas de los estados, poniéndolas al borde del abismo, los mercados especuladores atacan al unísono a los países más expuestos, uno por uno, en varias fases, de modo consecutivo. "Divide y vencerás" es la máxima, potenciada por el hecho de que el resto de países que siguen en pie ayudarán a pisotear al atacado para ganarse alguno de los despojos sobrantes. Europa es el bombón a repartir, porque Europa tiene mucha pasta, Europa adora al Dios del Consumo cuyos sumos sacerdotes son los mercados, y Europa nunca ha estado unida: no hace falta mucho esfuerzo para trocearla y comérsela .
Tercero, "la bolsa o la vida". Una vez que los mercados han desarmado al estado en cuestión, y atacado juntos para que el golpe sea mayor, comienzan a asfixiarlo proponiendo (propiamente, exigiendo) aceptar sus condiciones para el supuesto remedio: la receta es que para imponer una condición hay que hacerla más digestiva exponiéndola como el remedio a un problema; creando el problema, justificarás la necesariedad del remedio: ante el problema de la crisis se propone maquiavelicamente la privatización de lo público (reparto de nuevas áreas de negocio para lo privado), reducción de derechos sociales y estado de bienestar (sanidad, educación, pensiones...), reducción de salarios, facilidad de despido... Supuestamente todas ellas soluciones a un problema artificialmente creado a priori por los mercados, un problema que paradojicamente tiene su origen en el liberalismo capitalista, y el objetivo de lograr mayor rentabilidad, mayores ganancias para una reducida minoría a costa de la ruina de la mayoría. Estados enteros embargados por aceptar créditos de los mercados que ellos mismos han rescatado, el FMI y el Banco Mundial como una nueva ONU fuera de todo tipo de control democrático.
Ni siquiera ha hecho falta usar la palabra mágica ("competitividad") que habían preparado para chinificar nuestras condiciones laborales (China, el gran ejemplo a seguir para los mercados: dictadura+capitalismo). Por ahora, sólo por ahora, les ha resultado suficiente el chantaje impuesto a nuestros gobiernos (débiles, incompetentes y/o cómplices) y la falacia de la "supervivencia" económica para que la mayoría de ellos aceptaran renunciar a nuestros derechos (económicos, sociales y democráticos), por los que tantas generaciones anteriores de ciudadanos han luchado. Una falacia, porque no necesitamos ninguna de estas medidas para sobrevivir sino para condenarnos a malvivir; como solución, solamente necesitamos que los especuladores dejen de desbarrar y asfixiarnos y los gobiernos dejen de justificarlos, "de convencerlos", de tratar de "ganar la confianza" de los atacantes. Es el sistema bancario y financiero quien está colapsando nuestras economías ¿cómo podemos admitir que sea él quien imponga las normas, cómo podemos creer que sean válidas sus soluciones?
El capitalismo salvaje al que están abocando todas nuestras relaciones económicas es la gran amenaza para nuestros derechos y nuestras libertades, que ahora están en juego. Hay demasiado en juego. Y por ello no nos debemos conformar solamente con el derecho y el deber de consumir al que nos relegan. Los mercados especuladores son nuestros enemigos, los gobiernos cómplices de los mercados especuladores son nuestros enemigos. Y nosotros somos, de nuevo, el pueblo que debe luchar contra los enemigos de su libertad para garantizar una democracia real.

7/12/10

Islandia, un modelo

Islandia siempre ha sido un país different: por una cosa, por otra, por otra o por otras muchas, Islandia es ese país que siempre encabeza las listas de las cosas buenas y cierra las listas de las cosas malas, donde el auga sale hirviendo a chorrazos del suelo y una mujer indígena comprometida puede convertirse en el personaje más valorado por la sociedad. Y qué poco sale Islandia en la tele...
Islandia en los años 80 vivió su propia burbuja inmobiliaria que motivó el aumento de la construcción y la inversión: el dinero salía a chorrazos del suelo, pero como las burbujas son burbujas aquí, en Islandia y en Pernambuco, nos hizo boom. Islandia se fue al carallo directamente, quiero decir, hablando con propiedad: el sistema financiero de Islandia (los bancos privados) se fueron al carallo. Casi casi como acaba de suceder en Irlanda. En ese momento se destapó que los bancos privados ingleses y holandeses habían hecho en los bancos privados islandeses una enorme inversión que ahora sería difícil recuperar, por lo que los gobiernos públicos ingleses y holandeses llegaron a presionar tanto al gobierno islandés como para querer declarar a Islandia "organización terrorista" en caso de que unos bancos no le pagasen las deudas a otros. Lo de siempre: los bancos capitalizan las ganancias y nos reparten sus pérdidas, usando los gobiernos como instrumento de aval democrático. En fin, recurrieron aquí a la vía del culebreo "Por qué crearme yo mala imagen si lo puede hacer el FMI", por lo que se pretendió seguir el método de eficacia probada, por ejemplo en Grecia y en tantos otros países: se unta a los gobernantes (por ejemplo, una jubilación futura en un suculento puesto de asesor en una entidad de análisis de cualquier chorrada) y se les "permite" aceptar un crédito del FMI; traducido: el gobernante temporal embarga permanentemente al país aceptando en su nombre un crédito con unos intereses de vértigo. Ese dinero se ingresa directamente en las cuentas de las empresas y bancos privados extranjeros con los que se ha contraído la deuda, y el país se queda esclavizado económicamente para pagar los intereses de un dinero que no ha disfrutado y que, mira por donde, probablemente vaya también a las cuentas de los mismos bancos. Vaya, la conocida "deuda externa" que venimos imponiendo desde siempre al 3º mundo, pero ahora también en Europa y con la guasa de que, como guinda del helado, hemos gastado los ahorros públicos en "rescatar" a esos bancos con los préstamos que ellos mismos nos han dado. La monda.
La diferencia en el caso que nos ocupa es que Islandia tiene un modelo democrático y social como para mojar churros.
La mejor educación, la prensa más objetiva, la población más participativa en las administraciones... todas esas noticias que nos salen aquí en la tele, entre La Noria, el Sálvame Deluxe y el Barça-Madrid. Y eso se acaba notando. Los islandeses no sabían protestar (no lo necesitaban hasta el momento) pero aún así se echan a la calle en espontáneas manifestaciones. La banca islandesa se pone nerviosa, sigue presionando para que se acepte el préstamo del FMI, y Europa (la banca privada europea) pone encima de la mesa el caramelito de que Islandia se integre en la UE por procedimiento abreviado, para así tenerlos con la correa corta: asegurarse de que apoquinan religiosamente. Pero no cuela: los ciudadanos islandeses tienen claro que si la deuda ha sido creada por la banca privada debe ser la banca privada quien pague. Y si no puede, que se vaya al tajo, como todo dios.
Inglaterra (la banca inglesa) aplica entonces a Islandia la ley antiterrorista para congelar sus dineros, poniéndolo en la lista negra junto a Corea del Norte, Sudán o Al Qaeda y repite: elegir, bancarrota o préstamo del FMI e ingreso en la UE. El gobierno, en contra de la voluntad popular, acepta el préstamo. 10.000 ciudadanos islandeses se concentran entonces en la plaza del Parlamento en Reykyavik, con un frío del carajo, gritando "¡No podemos esperar más, los queremos fuera ya!". Si antes querían que se largara la banca especuladora, ahora también quiere que lo hagan los políticos colaboracionistas. Los manifestantes ocupan el Banco Central; el 8 de noviembre un anarquista sube al tejado del Parlamento, arría la bandera islandesa y la sustituye por la bandera de los supermercados Bonus (los más baratos de la isla) representada por la cabeza de un cerdo: si el capitalismo de mercado gobierna Islandia, que su símbolo presida el parlamento: las 10.000 ciudadanos de la plaza estallan en el grito "¡El gobierno es un cerdo sucio y barato!" y más tarde "¡Salvemos Islandia!".
Ante el cariz que están tomando los hechos, el gobierno se ve obligado (recordemos que estamos hablando de Islandia, y allí estas cosas pasan) a convocar un referendum en el que los islandeses deciden por un 90% que:
a) No les dá la gana de pagar la deuda de los bancos privados. Que se la paguen ellos.

b) En cuanto a ingresar en la UE de los bancos: no, gracias

c) En cuanto al préstamo del FMI: que se lo metan directito por el orto. Van a intentar no pagarlo. La banca pier
de, la banca paga. Y el FMI es la banca.
Todo el gobierno islandés dimitirá en bloque. Todo.

Se crea el Best Party, un partido político creado por artistas, músicos, escritores, dramaturgos... y en seis meses se presenta a las elecciones municipales con un programa-performance surrealista en que prometen ser corruptos, pretendiendo una crítica al sistema. El Best Party gana ampliamente las elecciones en la capital del país, y al hacerlo, como todo político corrupto y mentiroso que se precie, renuncia a aplicar todos los puntos de su programa salvo uno: crear una cárcel en alta mar donde encarcelar a banqueros especuladores y políticos corruptos y replantear las bases de su sociedad bajo la óptica del anarquismo para conseguir una mayor participación ciudadana. Poco después, los islandeses eligen a un nuevo gobierno nacional de izquierdas (de izquierdas de las de verdad), que busca replantear todo el sistema legislativo y electoral para que sea más representativo de la voluntad popular, apoya una asamblea autoconstituída de ciudadanos para definir el guión de una nueva constitución más democrática, y exige responsabilidades: en vez de premiar a los banqueros que han llevado el
país al borde del caos, como hace todo país "responsable" de occidente, encarcela a los banqueros corruptos y emite órdenes de busca y captura internacionales para los que se han marchado con sus beneficios bajo el brazo.
Total, respetando absolutamente las leyes del mercado de las cuales los bancos son sus máximos exponentes, dejaron que se fueran al tajo los bancos que se tenían que ir al tajo y aprovecharon la coyuntura para cambiar el modelo social hacia uno más justo y democrático.
Algo totalmente distinto a la forma de solucionar las cosas en Irlanda, que "hizo bien los deberes", "consiguió la confianza de los mercados" y milongas variadas con las que se ha embargado al país. Un modelo que los gobernantes españoles (buen perrito, buen perrito) estan eligiendo como modelo y que la población acepta porque "es lo que hay".
Claro está, los economistas anunciaron el apocalipsis para Islandia. Todos auguraríamos que estas medidas llevarían a Islandia al aislamiento, a la Edad Media. Pero los economistas a sueldo de la banca son como un ligue de discoteca a altas horas: siempre prometen más de lo que finalmente nos darán. Y el resultado de la voluntad democrática islandesa ("anarquista" y "terrorista") frente a la
banca privada, jugando en casa de ésta última, ha sido éste: http://www.elpais.com/articulo/economia/islas/hundidas/banca/elpepieco/20101205elpepieco_3/Tes . Y qué poco sale Islandia en la tele...
Y fueron felices y comieron salmones y arenques.
¿La moraleja? Pues supongo que las sociedades que consiguen un mundo mejor son aquellas que luchan por ello y no se dejan vencer por el conformismo, la comodidad y el miedo al cambio. Los sociedades que logran un mundo mejor son aquellas que creen en el valor de las personas en conjunto y en la esperanza de un futuro preferible, las que están dispuestas a aceptar sus deberes y no solamente a reclamar sus derechos, y las que entienden que los espacios públicos (físicos y éticos) deben ser intocables. Y que los islandeses, como normalmente sucede en casi toda sociedad, tienen los políticos que se merecen, en este caso aquellos que respetan la voluntad soberana de los ciudadanos, y aquellos que asumen sus responsabilidades en caso de equivocación. Si queremos mejor gobierno, deberemos tener a mejores gobernantes y eso sólo puede suceder si tenemos una sociedad más sana. Aunque Islandia no salga mucho en la tele, podríamos parecernos más a Islandia, siempre y cuando comprendamos que parecernos a Irlanda es mucho más fácil.

18/2/09

A agridoce festa da democracia

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 56– Ano VI –febreiro, 2009)


Nathan M. Rothschild, magnate das finanzas estadounidenses, dixo unha vez alá pola primeira metade do século XIX, nun deses ataques de sinceridade que alimentan o champaña e as distendidas sobremesas entre os oligarcas da banca, “Déanme a emisión de moeda dun país e non me importa quen faga as leis”. O bo de Nathan probablemente sería aplaudido polos seus colegas, arroibados polo alcohol, os puros e a erótica do poder, porque ninguén lle podería negar que acababa de dicir unha gran verdade. Pouco despois Rothschild pasaría a peor vida – o consolo que nos queda aos pobres é que soamente nós poderemos pasar a mellor vida – e vería o seu sono parcialmente feito realidade. Nathan M. Rothschild foise, pero moitos máis viñeron a ocupar o seu sitio. Fai pouco, o xornal “The Guardian” sinalaba co dedo aos 25 culpables da actual catástrofe financeira, a maioría vellos traxeados, encollidos e severos, mantidos con vida soamente polo pequeno pero sólido fío da cobiza. Parvadas. Cortiñas de fume. Este tipo de acusacións fáciles verquidas polos xornais de masas e apoiadas polo poder político son pura terxiversación, con aleivosía. Sinalan a este tipo de magnates como culpables únicos porque estes teñen inmunidade moral e legal. É dicir, son os únicos en todo este planeta que nunca veriamos nun banquiño de acusados (dun xulgado ou dunhas eleccións), por iso lles importa un carallo quedar como os malos: porque poden permitirse seguir co chiringuito aberto a pleno rendemento mentres os seus compinches políticos se atribúen o cargo de fiscais. É coñecido, por exemplo, que en política a mellor forma de dar carpetazo a un asunto incómodo é crear una comisión de investigación para que non se investigue nada. Acusados, avogados, fiscais e xuíces son os mesmos. A vítima do caso, a masa social que paga, será debidamente informada de que “se fixo xustiza”. O caso é que o circo continúe. Todo debe cambiar para que nada cambie.
Verán vostedes, un Estado de democracia real é aquel onde os representantes do pobo deciden por si o futuro económico e financeiro da Nación que normalmente deberá repercutir no beneficio de todo o edificio social. Si o futuro o deciden os monopolios de banqueiros nacionais ou internacionais, é calquera cousa que poda chamarse, menos democracia. Éche un panorama triste pero é o que construímos, temos, mantemos e defendemos: esta crise debería confirmarnos dunha vez por todas que a nosa vida, inevitablemente rexida pola economía, non está no noso poder, nin tan sequera no poder dos nosos representantes “democráticos”; está fora do alcance da protección do Estado, concentrada e dirixida por intereses económicos privados. E eses intereses privados, rexidos pola lóxica do capitalismo, baséanse na rendibilidade e beneficio persoal, ás veces por derivación do beneficio da sociedade (situación de antes) e outras por derivación da ruína da sociedade (situación de agora). Segundo veña o vento. Pero sempre saen gañando porque nós lles concedemos un sistema que poden manexar ás súas anchas. Nós lle delegamos o noso poder, por comodidade ou ignorancia. Queren unha explicación da crise? Pois aquí vai unha: hai crise porque alguén ten o suficiente poder para creala e saír beneficiado dela.
A solución? Pois non sei. Non estaría de máis ter as ideas básicas ben claras, aínda que sexa duro aceptalas, e deixarse de confiar en que calquera mesías de turno vainos sacar as castañas do lume con novas promesas cargadas de retórica cada catro anos. Por moita vontade que teña e de calquera partido que sexa. Algúns defenden unha resposta á grega: saír por milleiros ás rúas e facer bronca para que se desmorone todo o sistema. Paréceme demasiado radical, pero que llo neguen a eses millóns de familias españolas que están quedando na indixencia porque Rothschild tiña toda a maldita razón.

28/9/08

Europa

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 51 – Ano V –setembro, 2008)



Recordo que La Polla Records tiña unha canción dedicada a Europa. “Sento toda a túa luz, alumea o teu novo engano, vella e podre prostituta, a túa maquillaxe non tapa o olor”. Cantábanlle, no 1992, a aquela nova nación que no mesmo ano parecía pórse en marcha co Tratado de Maastrich: xa saben, todos collidos da man, baixo o Himno da Alegría e o estrelado ceo azul da nosa bandeira común. Nunca me gustou esa canción, porque ata ben pouco ese soño de empezar de novo, edificar entre todos un estado no que os intereses dos cidadáns e os valores do home se puñan por riba de todo, atraíame. Abraiábame o feito de que este mundo, politicamente cheirento, podería ter unha esperanza si era a “Europa das liberdades” a que encabezaba unha nova época de verdadeira democracia. Remataba a canción de La Polla Records cun “non verás cambiar nada”, e con esa certeza que agora si teño, tamén rematou o meu soño europeo.
Quizais debería ter antes probas para convencerme de que “Europa” deixara de ser o “Mercado Común Europeo”. Vexan vostedes, dixéronos “construiremos entre todos a nación europea”, e como toda nación ha de ter unha constitución, presentáronnos unha para referendala. Pero alí non había dereitos e liberdades que non foran para as empresas: vendéronos humanismo e déronnos capitalismo feroz. Así que algúns (os franceses, holandeses e fai pouco os irlandeses) dixeron que se meteran aquel panfleto polo cu, e agora, polo baixo, rumorosos, andan todos os gobernos a aprobala por decreto en cadanseu Parlamento sen preguntar. Rumorosos, polo baixo, sen que nos decatemos que aproban ditatorialmente algo que tantos cidadáns rexeitaron co seu voto. O conto de sempre: eles son os representantes lexítimos de todo o pobo, aínda que moi poucos de nós poderiamos identificarnos con eles e así non sei como nos van representar.
Miren vostedes, téñome por europeísta porque penso que neste continente vivimos como dios, en estado de benestar, en dereitos, en liberdades. E non me gustaría que esas liberdades que tanto nos custaron conseguir, polas que sufriron tantas xeracións (dende a que pasou a media aristocracia francesa pola guillotina ata a que lle tiraba adoquíns aos grises por aquí cerquiña), se vaian ao carallo nun par de anos por culpa das cabareteras, mangoneantes e futuros conselleiros directivos das grandes empresas que mantemos nos Parlamentos, conspirando polo baixo para pasar por alto a esa vella desdentada que chamabamos democracia. Preocúpame, pola mesma, que a política actual sexa o “todo vale” na ampliación da UE: entrou Polonia, que ten dereito a veto nas decisións de política social europeas, cun goberno extremista e ultranacionalista que pretende meter no cárcere aos homosexuais; que entre Turquía, un país que non se distingue precisamente por valores como a igualdade de sexos, a defensa das minorías ou a defensa dos dereitos do cidadán, e que cos seus 70 millóns de habitantes sería o país con maior poder da Unión. Ámbolos dous, países que coñezo e admiro, son, sen embargo, dous exemplos de que esta Unión Europea non busca ese soño de humanismo e liberdade para os cidadáns, senón man de obra barata, menores custes de produción e máis millóns de consumidores para as grandes empresas. Repito: moito lles custou ás nosas sociedades chegar ata o punto onde estamos para sacrificalo todo perante os beneficios das grandes empresas; porque non se crea o conto de que os beneficios delas son beneficios nosos (senón á nosa costa), e porque nelas traballaron, traballan ou traballarán como altos cargos antigos ou futuros políticos que no seu día non tomaron as mellores decisións para os cidadáns aos que servían, pero si para a rendibilidade das empresas ás que serven ou servirán. Curiosas coincidencias. “Europa parece rexurdir da miseria ao esplendor – cantaba La Polla Records fai dezaseis anos - ¡ela é a solución!: a moeda, a súa bandeira”.

9/7/08

Zume de laranxa

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 49 – Ano V –xullo, 2008)

Na cola do supermercado un home protesta con evidente derrotismo, axitando unha botella de viño tinto nas mans, “¿Como que 1,45 €? Onte valía 1,30 €”. A caixeira, resignada – ela tamén ten o seu -, encolle os ombros “Xa sabe… todo sube”. O home paga e vaise, resignado, mentres murmura “¡Pero que país de merda!” e a caixeira asinte con complicidade.
Disque os cartos son como a enerxía: nin se crean, nin se destrúen, que soamente se transforman, que soamente cambian de mans. E nesta época de cris.., perdón, de desaceleración acelerada da economía, de re-axuste estrutural, de conxuntura financeira en retroceso e de… vaia, de crise económica, as xentes do común observamos como os cartos que entran por un lado vanse polo outro sen sequera saudar. Un pouco por aquí e outro pouco por alí, como quen non quere a cousa todo sube “porque todo sube” mentres os poderes públicos miran para outro lado: suben os alimentos de primeira necesidade porque sube o transporte porque sube o petróleo porque sube o transporte porque suben os alimentos de primeira necesidade... loxicamente. Un lío. A luz… sube, ¿como non vai subir? ata un 35 %, pero non para que as eléctricas gañen máis cartos, non – despois de todo, en plena “desaceleración acelerada”, no que vai de ano están gañando un 59 % máis que o anterior -, a luz sube para “que aforremos”. Un lío, tío. E para que aforremos aínda máis propóñennos a medida de traballar 65 horas á semana. Fenómenos.
Somos, as xentes do común, como un pozo sen fondo onde cada quen arrampla o que pode. Mentres me retiran a carteira do peto e van sacando cartos dela, me din que si o déficit… que si a inflación… que si os tipos de interese… que si o euribor ou que si o barril de cru Brent… que si o carallo 29 ¡Ei, frea aí, home! que eu fun estudante de Letras e nesas cousas me perdo un pouco; e se pago a un exército de ministros, conselleiros, directores xerais e variada fauna da Economía e das Finanzas públicas será para que eles me miren esas cousas e procuren que a miña carteira se vaia enchendo de cartos, non a inversa.
Hai pouco tempo estaba eu nun bar dun festival, no que o prezo dos cubatas ía subindo a medida que pasaba o tempo; porque ante a grande demanda seguíase a lóxica de quen paga 3 €, paga 4, e quen pode pagar 4 malo será que non chegue a 5. Alcanzando un punto económico extremo, a demanda comezou a baixar e o prezo baixou con ela: ai, jesús, pareciamos alí “brokers” de Wall Street esperando diante a ver si baixaban ou subían os cubatas para inverter ou non. Pero unha cousa é que pasen estas cousas nun bar dun festival, que o toma un medio a cachondeo, e outra que pase nun Estado co prezo da comida, do carburante ou da vivenda. E non é o mesmo por tres razóns ben sinxelas:
- Os cubatas son máis ou menos prescindibles, pero a comida, o carburante e a vivenda non.
- Aos poderes públicos dun Estado supóñense maior seriedade, compromiso e responsabilidade cara o cidadán que o camareiro dun bar, entre outras cousas porque lles pagamos unha boa pasta por elo.
- O Estado non é unha empresa privada cuxo obxectivo sexa conseguir o máximo beneficio económico, por medio de impostos directos ou indirectos. Máxime cando o beneficio lógrase a custa da ruína dos cidadáns aos que serve, que se converten en laranxas no espremedor, e máxime cando os beneficios non son redistribuídos e gozados por eses cidadáns. Que o país sexa rico non quere dicir que os seus cidadáns se beneficien desa riqueza á que contribúen. Se cadra, catro ou cinco elementos.

11/4/08

Mírame lo mío

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 46 – Ano V –abril, 2008)


Galicia é unha imaxe cercada por tapias, onde cada un debe diferenciarse do resto coa súa casa, a súa finca e o seu muro de pedra. Isto o temos por dereito inalienable. Tamén temos por dereito que o resto debe pagarnos a traída de auga, de luz, de teléfono e asfaltarnos a estrada aínda que nos pete facer unha casa no quinto carallo. Somos minifundistas ata no sentido, de aí que tendamos a diseminar o sentimento de comunidade no “mírame lo mío”. O PIB galego baséase nos favores persoais, e con eles un pode comerciar coma se fora gando. O “mírame lo mío” dise coa boca pequena non por vergoña, xa que o resultado de ter bos contactos, amizades útiles e “un amigo, dun amigo, que me mira por lo mío” é predicado con orgullo aos catro ventos. O “mírame lo mío” fálase polo baixo porque cada un quere ser o único, o privilexiado: o malo é que unha comunidade privilexiada non se constrúe cunha totalidade de privilexiados que pretenden competir entre si e co resto. Así por exemplo, un non vende unha finca polo prezo que debería, senón por un pouco máis do que vendeu o veciño do lado. E queixámonos do caciquismo case endogámico en Galicia, sen ter en conta que detrás de cada galego moitas veces hai agochado un pequeno cacique, desexoso de privilexios e tolerante coa prevaricación na idea de que un faría o mesmo, coa esperanza de que algo lle caia co “mírame lo mío”. Fomos o berce de Julio Iglesias e de Pablo Iglesias, de Líster e de Franco, fomos submisos e "irmandiños": somos o país das contradicións.
Éche unha porta, a dos favores, que todo o mundo pretende manter aberta: un pode ter tratos co demo sen importarlle que eses tratos benefician a un, pero tamén benefician ao demo. O noso sacramento é “máis vale malo coñecido…”, e xustificámolo mantendo a Fraga como Gran Timonel ao longo de, ¡buf!, dende o século XX ao XXI.
Cedemos o noso voto por un punto de luz, e nas universidades, os galegos tendemos a sacrificar as clases polo tute de cafetería, coa certeza de que vale máis fomentar as relacións sociais para encontrar traballo que estudar para un traballo que dificilmente conseguiremos chuchando os sesos. Os grandes empresarios apañan os cartos de todos beneficiándose deste o noso neoliberalismo mental, e darán a cambio, cada ano, unha boa participación para a comisión de festas de turno, “para traer unha boa orquestra, carallo”. Os políticos de tradición, elevados pola nosa democracia de taberna, que manteñen o seu sillón quentiño repartindo os nosos cartos en subvencións a reo e a dedo, prometen novos paseos marítimos millonarios alzando os brazos entre o fume de sardiñadas populares; aplaudiremos, e cando vexamos a uns e outros pola rúa inclinaremos a cabeza ata pegar no chan e “buenos días, señor don Tal, como va lo mío?”. O “mírame lo mío” ten a súa máxima expresión neses informativos galaicos do mediodía, pura antropoloxía da terra, cuxas entrevistas de sucesos sempre rematan en “a ver quen me vai pagar a mín isto”. Soemos pedir pero poucas veces aceptamos dar. Amancio Ortega é reverenciado como un mesías, condecorado coa denominación de orixe galega, e parece que Galicia lle da as grazas aínda non sei moi ben por que. Quizais porque Galicia sempre foi unha paisaxe de casas miserentas periodicamente salpicada de pazos, e todo pobre quere que o rico que mantén sexa o máis rico. Quizais porque sabemos que así, sempre haberá alguén coñecido “que me mire por lo mío”. ¡Que mágoa de Galicia, tanta xente que a quere e tan poucos que a respectan! Quizais porque, como dixo Rivas, somos un país de brumas, do oculto e incomprensible, capaz do mellor e do peor. Somos un país moi rico, somos un país muy pobre. Somos galegos.

12/12/07

Querido Papá Noel:

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 42 – Ano IV –decembro, 2007)


Chegando o Nadal, alzo a vista a Escandinavia para solicitarche o meu imposto revolucionario. Este ano fun máis ou menos bo – nesta vida, todo está suxeito a interpretación -, e por iso quería pedirche algo moi especial, un par de cousas, non para min – ves que non son egoísta -, senón para todos nós. Ti trouxeches do norte os peitos das suecas, para amosarse espidos nas praias dun pais de “toquillas” e “mojigatería”. Aquel exército de peitos nórdicos, orgullosos, viñeron en avións a un mundo no que as novas lavadoras se anunciaban como o garante da “liberdade” das mulleres. E aceleraron, aqueles peitos suecos que querían deixar de estar brancos, a nosa Transición política, social e mental. Non sei si saberás, que de aquí a uns meses temos nesta terra as eleccións, e como naquel tempo pasado, eu quería volver a pedirche algo de coherencia política, social e mental do norte para ir abonando o campo. Porque andan a pelexar aquí, a estas alturas, por ver quen baixará máis os impostos, e non che sei eu, Papá Noel, se será Rita a que manterá cheas as arcas do Estado ou quen vai ser.
Eu pídoche, como regalo nº 1, que subas os impostos nestas terras.
Eu pídoche, como regalo nº 2, que traias razón para administralos.
Todos, Papá Noel, miramos a Escandinavia envexando o seu Estado de Benestar, a calidade da educación, da sanidade, das infraestruturas, das pensións, das prestacións dos servizos públicos… o seu inmenso gasto social. Pero tamén sei que vós, os escandinavos, aceptades gustosamente uns impostos persoais moi elevados que chegan a máis do 50 %: porque sabedes que son razoables, porque entendedes que teñen unha relación directa co servizo estatal que recibides.
Neste Estado, o gasto público por habitante e o gasto público en temas sociais son dos máis baixos da Unión Europea. Pero é que neste pais, tamén se pensa que quen paga impostos podendo evitalo legal ou ilegalmente, é parvo. Tanto que periodicamente botan un anuncio onde se nos di que “Facenda somos todos”, por si a alguén se lle esqueceu. Os pais e nais queren mellores colexios, os automobilistas mellores estradas, os pensionistas pensións máis altas, todos queremos unha mellor sanidade… e todos queremos que baixen os impostos, é dicir: que teñamos menos cartos para financiar a educación, as estradas, as pensións, a sanidade. Quizais porque non percibimos de todo que os cartos que pagamos teñan unha relación directa co servizo estatal que recibimos. Quizais porque igual que se preocupan por dicirnos “Facenda somos todos”, deberían preocuparse porque as infraestruturas e os servizos públicos non tiveran os apelidos de políticos e partidos (“As autovías de Cuiña”, “Os pisos de Zapatero”, “As subvencións de tal partido”, “As liberdades sociais do outro”), parece que tentan, e moitas veces conseguen, dar como unha impresión xeral de beneficencia connosco, e iso confunde. Predican, aquí, que si se reducen os impostos aumenta o crecemento económico, pero non din que se terá que reducir o gasto público social, aínda máis. E eu non sei, Papá Noel, para que nos valerá tanto crecemento económico ás xentes do común – chegar ao posto número oito dos países enriquecidos custounos non poder chegar a fin de mes - se logo o Estado terá que ceder ás empresas privadas o prestamento dos servizos públicos, e deus nos colla confesados. Aínda máis.
Tráenos, Papá Noel, a coherencia política, social e mental da túa Escandinavia e líbranos de maior mal.

4/12/07

Dos deberes e deberes dos cidadáns

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 31 – Ano III –decembro, 2006)

Segundo o Manual de Cociña do Bo Constituínte, o prato forte do repertorio lexislativo – a maior parte das veces tan teórico coma irrisorio – debe anunciar nos seus títulos os nosos “Dereitos e deberes” para máis tarde pasar a enumerar os nosos “Deberes e dereitos” nunha fórmula na que a orde dos factores si altera o producto. Parece como si uns foran unha sorte de mal menor para que podan ser lexislados os outros. Dinos toda a trouppe nas súas leis, que todos temos dereito a unha vida e vivenda dignas, á educación e á sanidade, ó acceso á vida cultural, a participar do progreso científico, a disfrutar do medio ambiente e a non sei cantas historias máis a cada cal máis poética – de seguro que vostede, como no “Un, Dos, Tres” poderá nomear de corrido varios casos de normalizada vulneración fragrante e impune en cada un dos epígrafes anteriores -, pero soamente fai falla darse unha volta pola rúa ou crecer un pouco máis da indiferente idade que permiten as gominolas para coñecer si na práctica existen ou non estes dereitos; soamente fai falla carecer de cartos para que a relación de dereitos en calquera constitución se converta en pura literatura de ficción. Vamos, que son como un marco xeral, como unha “cousa”, como un “aquel filosófico chachiguay” que se supoñen inherentes ó cidadán, pero que como os desexos das misses nas galas (“Eu o que máis quero é a paz no mundo”) son tan difíciles de alcanzar, maldita sexa, tan terriblemente difíciles de alcanzar…Por desgraza, dende a época de Pericles (que tamén tiña o seu) os que deberían encargarse de lexislar dedícanse agora soamente á cuestión política, que por moito que nos digan non é o mesmo dado que a oratoria deixou paso ó eslogan, a dialéctica ó marketing, e as cuestións do estado xa non se debaten nos congresos senón nas axencias de publicidade. O ben común deixou paso ás estatísticas de intención de voto e os nosos votos son soamente productos de compravenda. En todo caso, un non deixa de pensar que as leis, como os políticos e os profetas, nacen, crecen e desaparecen, e ¡válame o ceo! ten que haber algún tipo de dereitos e deberes naturais – instintivos, case poderiamos dicir – para que os humanos non déramos rematado definitivamente uns cos outros, por moito que o teñamos intentado. Filósofos coma Plauto, Hobbes, Nietzsche ou Golding dicían que o humano é un cabrón por natureza, pero supoño que non só Gloria Fuertes, vostede e máis eu pensamos o contrario e, pola mesma, supoño que aínda existe un espazo para a esperanza. Por iso non quero parecer pesimista, dado que son un tipo dos que chaman “utópico”, dos que pensan que a humanidade pode ser tan miserenta como grandiosa, e se ós meus trinta tacos, como andan as cousas neste mundo e despois de tantas voltas que da a vida, sigo crendo no amor puro, verdadeiro e eterno, pois xa non lles digo máis. E esta fermosa utopía que convive en min, anímame a confirmarlles que sempre crerei na existencia de dereitos irrenunciables da persoa, tan difíciles coma posibles de acadar. Co cal eu, pola parte que me toca, e sen o asesoramento do Estado, pretendo polos en práctica cada día que estes pés saen pola porta de casa practicando o respecto e o amor polos demais. Sinxelamente. Non me fan falla pesados volumes constitucionais nin confusos repertorios lexislativos para saber que toda persoa ten dereito a ser feliz, e todos temos o deber de facilitarllo como ben poidamos.

El pisito

(Publicado en Zona Temporalmente Autónoma, A Peneira nº 30 – Ano III –novembro, 2006)


Tódolos españois teñen dereito a gozar dunha vivenda digna e axeitada. Os poderes públicos promoverán as condicións necesarias e establecerán as normas pertinentes para facer efectivo este dereito, regulando a utilización do solo dacordo co interese xeral para impedir a especulación. A comunidade participará nas plusvalías que xenere a acción urbanística dos entes públicos (Constitución Española, art. 47). Pola noite gústame ler literatura de ficción porque faime evadirme e soñar. Na miña mesiña de noite nunca falta unha Biblia nin unha Constitución como deus manda, porque estes escritos metafóricos fan que un soñe con paraísos tan fantásticos e afastados coma imposibles de acadar. Coa Biblia e Huxley sigo, pero co da lectura da Constitución xa me está empezando a dar o que me dá coas películas de terror: que non podo velas pola noite, porque despois teño pesadelos. Tiven un. Soñaba que quería comprar un piso no Porriño - mira ti que cousas o dos soños - e alí ía eu, iluso de mín, canda a inmobiliaria a ver de gastar entre vinte e trinta millóns por mercar un piso de merda mal situado. E botei a sinatura, a verdade sen saber nin como nin por que, entre unha morea de papeis camuflados onde se incluían hipotecas, seguros de vida, bonobuses a perpetuidade e algunha vaixela a prazos. Despois do shock, e de decatarme de todos os papeis que asinara, entereime tamén de que o piso en cuestión fora comprado e vendido tres veces no prazo dun mes, e entre compra-e-venda subira así como seis quilos sen sequera ser estreado. Non porque pensara que calquera cabrón especulador gañara cartos coa miña perda pensaba que alguén me estaría a estar estafando, non, nin porque me sentira desasistido nos meus dereitos constitucionais que me garanten o acceso a unha vivenda digna e a protección contra a especulación, non. A Constitución, como toda literatura fantástica, é unha cousa que como os pica-pica explota nos beizos - sexa en anuncios, promocións, informativos e demais publicidade comercial - pero de aí non pasa. E hai delictos punibles, os que cometemos corenta e pico millóns de cidadáns neste estado, e hai delictos que non o son: os que cometen a pleno día e a cara descuberta os que teñen os cartos e o poder. Pensaba que cavilaba nos meus futuros fillos – si é que veñen a este mundo de tolos, os pobres. Antes, a prole pelexaba por ser quen de facerse coa herdanza dos vellos: agora, na época das hipotecas a 150 anos, pelexan por escapar delas. Quita, quita...